Se encontraba una niña al borde de un abismo frío y oscuro.
Ella solo quería volar para no volver. Quería ser libre, dejar de estar atada por el mal, por el dolor...
Se impulsó para saltar y entonces Soledad le gritó:
-¡Niña, para! ¡No lo hagas!
Ella retrocedió despacio y sonriendo la miró.
-Amiga mía, poco hago yo aquí. Yo no puedo ser todo para nadie, esta noche por fin lo he visto y mi destino no me agrada, creo que aún puedo cambiarlo.
-El destino no se puede cambiar.- afirmó entrecerrando los ojos- Nosotros mismos somos nuestro todo, nadie te cederá el suyo, pequeña. Este mundo no está hecho para que regales una vida tan sencilla, tan limpia y humilde. Por desgracia, pocos quedan como tú y ellos buscan soluciones también pero siguen igual de perdidos.- aceleró el habla y entonces suspiró- Lo siento.
La niña comenzó a llorar, no comprendía porque tras tantos años de búsqueda, tras tanto trabajo y tantas noches sin dormir seguía con sus manos vacías. Había dado tanto que se quedó sin nada, todo se lo arrebataron. Incluso el corazón.
Soledad, que había seguido con ímpetu a la niña, pudo ver como pedazos de ella iban cayendo en cada paso. También vio como se apagaba su sonrisa con el tiempo.
Poco pudo vivir pero mucho aprendió.
El dolor pudo a su paciencia. Poco tiempo le quedaba.
Volvió a mirar hacia abajo.
-¿No te parece un lugar agradable?- pregunto a Soledad mientras seguía llorando.
-Sí, la verdad es que desde aquí arriba semeja al paraíso.
-¿Lo ves, amiga? Allí quiero ir.
-No es la solución, yo te necesito aquí, conmigo. Tú eres ese todo del que hablas, yo te vi crecer, te di la vida. No puedes irte ahora...
-Yo no podré seguir tus pasos jamás. Nunca, querida Soledad. Yo no daré vida, yo no tendré mi todo porque lo cierto es que ni si quiera yo estoy completa.
-¿Qué puede faltar? ¿Qué no tiene una criatura tan bella?-dijo a la vez que sus ojos se impregnaban de lágrimas.
-Sueños.- se resintió- Una vez los tuve, una vez soñé. Entonces llegó a mi vida un hombre con la apariencia de un joven muchacho y los deshizo en pedazos ante mis ojos.
-Lo se, él era un niño como tú... Era noble, todo un caballero, una buena persona pero no todo en su vida era felicidad así que un día partió para buscarla. Pronto cayó y jamás levantó cabeza. Desde aquel momento vagó por lugares oscuros quitando luz a quien le cegaba en la penumbra. Pero te encontró, tú no eras otra de aquellas molestas luces...
-Sus cadenas aún rozan mis manos. Querida Soledad, ya que no puedo soñar, al menos déjame ser libre.
Corrió hasta poderla abrazar, después besó su mejilla y sin previo aviso se hizo camino hasta el abismo y saltó. Su desesperada amiga observo como las lágrimas de aquella niña se quedaban atrás al caer. Chilló del dolor que le supuso verla marchar y la pequeña desapareció en la oscuridad del paraíso. Soledad cayó al suelo de desesperación.
Segundos más tarde, entre la niebla baja de aquel agujero negro se abrió un hueco. Como un rayo llegó hasta el cielo una figura que semejaba a una enorme ave y acompañada de ella una risa contagiosa que invadió los oídos de Soledad. Sorprendida se asomo una vez más a aquel precipicio y de allí salía una luz tan suave y dulce como la que desprendía la pequeña para aquel hombre oscuro. Sonrió.
De la figura se desplegaron en el aire dos enormes alas negras. Preciosas, brillantes.
Fue un instante y desapareció entre las nubes.
Empezó a llover y ella era libre, por fin.
PD: El primer vuelo siempre es el más agotador.
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