
Sus ojos habían absorbido cada rayo de sol y, en los surcos negros de sus marrones ojos, ahora se apreciaba un color dorado intenso. Su melena también aprovechó aquel corto viaje y se llenó de reflejos más claros.
Había comenzado a observar su futuro con ansia, pero nunca imaginó lo que aquel día llegaría.
Toda su vida había sido portadora de la felicidad. Algo que nunca supo ver y prefirió amargarse sumida en un oscuro y lleno de piedras, pasado.
Se culpó de cada tropiezo en su alrededor sin ver que ella jamás había tropezado. Podría haber sido perfecta en su inocencia, pero decidió sufrir.
Se echó al mar sin miedo y cuando se dio cuenta comenzó a nadar contra marea, todo fue inútil.
Pasaron los años y sus brazos, ya cansados de forzarse, dejaron de remar. La felicidad se convirtió bruscamente en tristeza y a sus ojos se los comieron los negros surcos.
Aquel había sido su último viaje, querida, el último de todos.
Y fíjate que en un solo segundo la felicidad volvió a sus ojos, a su pelo, a su sonrisa. Tardó los mismos segundos en desvanecerse.
Ya el primer impacto fue el definitivo, los demás que viajaban en aquel autobús fueron salvados. Supongo que los conocerás.
A ella es un poco más complicado, nunca habló contigo, estaba ocupada intentando solucionar los problemas de otro tiempo que nunca podría arreglar.
Fíjate, amada, siempre son los que no aprovechan bien tu amistad.
Puedo vivir en mi pasado ahora que ya te conozco, ya que contándotelo a ti siempre estaré a salvo de todo mal, ¿no?
La pobre chica, amiga, la pobre no te conoció.
Pobre.
¿Te has fijado en que el tiempo está muy extraño? Es raro ver un rayo dorado del sol, ni si quiera en el atardecer... Pienso que ella los robó, fijo que su pasado le chivó algo de que todo se acabaría allí y quiso dejar marca en el mundo. Yo pienso que se los llevó en aquellos marrones ojos y aquella oscura melena...
Pero de todas formas en su estado el calor de esos rayos no le servirán de mucho. ¡Ella verá!
Paula.
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