Llaman mi atención.

domingo, 14 de agosto de 2011

Querida amada tan mía:


Era solo una niña, una vez más.
Volvía poco a poco al pasado, supongo que todos tenemos un pié en él y no es malo pero ella tropezó a cayó dentro. No recuerda si fue doloroso, tampoco recuerda el por qué sigue aquí.
Dice que su madre está sola en casa y que sus hermanos están si comer, pero ya son las cuatro de la madrugada. Ayer salió corriendo carretera arriba, las manos no les daban para frenarla, pero ella, a pesar de sus años y sus delgados brazos, ponía toda fuerza y empeño por marcharse.
Comenzó a hablar contigo, Soledad, pero casi ni me creo que la estuvieras escuchando.
Ha vuelto a enamorarse, pero no sabe como es que su amor se fue, o más bien no entiende como puede estar tan enamorada sin poder verlo, sin sentir sus abrazos, su calor, sus besos...
No conoce a sus retoños. Se olvidó de aquellos días en los que los tuvo entre sus brazos. Olvido hasta el dolor y ahora uno nuevo lo supera. Ha perdido todo aquello por lo que vivía anteriormente.
Se pegunta cada vez que frenan su pasos por qué, pero no obtiene respuestas.
No recuerda a los jóvenes que la rodean, no les conoce. Ella vuelve a sentirse joven, también, pero las marcas en sus manos, las arrugas en su piel y su pelo gris no dicen lo mismo. Las canas invaden hasta el blanco de sus ojos.
Cada día cuenta otro hacia atrás y poco a poco comienzan a pasar los años por su mente a la inversa. Es triste ver como vuelve a cometer errores, amada, es muy triste. Sus hijos no la comprenden, sus nietos la extrañan. Sus bisnietos ansiaban conocerla y los que estaban en camino aún llevaban un pedazo de ella en su sangre, pero jamás llegarían a abrazarla.
Cuando los más pequeños llegaron ni si quiera supo distinguir sus llantos, cuando miraba aquel carro ni si quiera supo apreciar el parecido, todo su alrededor había caído sobre sus pies y cada vez que miraba detrás de si, le atormentaba más el presente.
Su memoria cedió paso al olvido. Su vida cedió paso a una muerte impaciente.
Hoy ha vuelto a nacer en su cabeza y, en la de los que tanto soportaron su tan lenta marcha, se ha marchado para no volver.
Algunos cuentan que el destino le ha hecho mil favores por llevársela, otros simplemente extrañamos haberla conocido.
Era fuerte y sabía, pero quiero pensar, Soledad, que te acompaña a ti, como tú a mí.
Y tras este comentario, querida, ¿observas que duro es hacerse mayor? No entiendo a que vienen tantas ganas de crecer...

P.

PD: Guarda en tu memoria hasta el más alegre suspiro del pasado, para que cuando vuelvas todo se haga más llevadero.

sábado, 13 de agosto de 2011

Querida Soledad:


Sus ojos habían absorbido cada rayo de sol y, en los surcos negros de sus marrones ojos, ahora se apreciaba un color dorado intenso. Su melena también aprovechó aquel corto viaje y se llenó de reflejos más claros.
Había comenzado a observar su futuro con ansia, pero nunca imaginó lo que aquel día llegaría.
Toda su vida había sido portadora de la felicidad. Algo que nunca supo ver y prefirió amargarse sumida en un oscuro y lleno de piedras, pasado.
Se culpó de cada tropiezo en su alrededor sin ver que ella jamás había tropezado. Podría haber sido perfecta en su inocencia, pero decidió sufrir.
Se echó al mar sin miedo y cuando se dio cuenta comenzó a nadar contra marea, todo fue inútil.
Pasaron los años y sus brazos, ya cansados de forzarse, dejaron de remar. La felicidad se convirtió bruscamente en tristeza y a sus ojos se los comieron los negros surcos.
Aquel había sido su último viaje, querida, el último de todos.
Y fíjate que en un solo segundo la felicidad volvió a sus ojos, a su pelo, a su sonrisa. Tardó los mismos segundos en desvanecerse.
Ya el primer impacto fue el definitivo, los demás que viajaban en aquel autobús fueron salvados. Supongo que los conocerás.
A ella es un poco más complicado, nunca habló contigo, estaba ocupada intentando solucionar los problemas de otro tiempo que nunca podría arreglar.
Fíjate, amada, siempre son los que no aprovechan bien tu amistad.
Puedo vivir en mi pasado ahora que ya te conozco, ya que contándotelo a ti siempre estaré a salvo de todo mal, ¿no?
La pobre chica, amiga, la pobre no te conoció.
Pobre.

¿Te has fijado en que el tiempo está muy extraño? Es raro ver un rayo dorado del sol, ni si quiera en el atardecer... Pienso que ella los robó, fijo que su pasado le chivó algo de que todo se acabaría allí y quiso dejar marca en el mundo. Yo pienso que se los llevó en aquellos marrones ojos y aquella oscura melena...
Pero de todas formas en su estado el calor de esos rayos no le servirán de mucho. ¡Ella verá!

Paula.


PD: Amada mía, esta juventud está loca.